Arepas con Diablitos por Nidal Barake (2014)

Posted on 10 Sep, 2018

Arepa con Diablitos

Escrito en Marzo 2014. Caracas, Venezuela

Hace unas semanas, un domingo por la mañana, me dispuse a manejar hasta el aeropuerto de Maiquetía a buscar a mi mamá, quien estaría en Caracas un par de días, y se quedaría conmigo en mi departamento. Mientras manejaba, escuchando seguramente a The Flaming Lips, pensaba que ya había pasado algún tiempo desde la última vez que fui personalmente a buscar a alguien al aeropuerto, en lugar de enviar a un taxi de confianza, llegando a la conclusión que es una de las cosas que uno solo haría por su propia madre. El motivo principal de la visita de mi mamá a Caracas fue asistir a su cita en el Consulado Norteamericano para renovar su Visa de turista, sin saber que un par de semanas después la Embajada de Estados Unidos cancelaría las citas para solicitar Visas debido a la situación que se vive en Venezuela (Marzo 2014), lo cual aunado al anuncio de la Embajada del Reino Unido indicando que a partir de Mayo los venezolanos necesitaremos Visa para entrar al Reino Unido, me hacía pensar que no sería las únicas puertas que se cerrarían para los Venezolanos.

 

Una vez en Caracas, lo primero que hicimos fue pasar por un automercado a comprar algunas cosas para comer, ya que mi refrigerador y despensa no se caracterizan por contar con una abundante cantidad de opciones para el día a día. Si, hay sobrasada traída de Mallorca, Miel con trufas Italiana, Stilton de Neal”s Yard Dairy de Londres (por fortuna comprado hace muy poco, cuando los venezolanos podíamos ir a Londres sin Visa), y muchas especias de Lima, de Ciudad de México y Beirut. Pero no, no había muchas opciones de frutas y vegetales, pan, huevo, quesos frescos Venezolanos, pasta, o cualquier alimento cotidiano típico, después de todo, son pocas las comidas que hago en casa, y las que hago, generalmente son planificadas y conllevan una compra de los ingredientes necesarios. Por lo tanto, una parada en el automercado para comprar algunos insumos para los próximos 3 días era mandatorio, y una vez allí, hicimos la compra de rigor, no necesariamente con lo que nos provocaba comer, sino con lo que había disponible, pues por estos días la lealtad de marca está por el piso, y el líder del mercado es aquel que logra colocar su producto en el anaquel. Ya en la caja registradora, al sacar las cosas del carrito para ponerlas sobre la banda rodante, me percaté que mi mamá había  incluido en su selección dos latas de diablitos. Ella siempre está a dieta y yo la última vez que comí Diablitos fue durante mi adolescencia temprana, cuando todavía vivía en casa de mis padres, por lo tanto, supuse que el incluir Diablitos en la compra era más un impulso nostálgico de mi mamá al verse haciendo mercado con su hijo (no, esta vez no iba yo dentro del carrito, con los pies colgando por el aire), que por una necesidad alimenticia o un antojo emocional, pues para eso está la Nutella. Esos días transcurrieron con tranquilidad relativa, afortunadamente mi mamá pudo ir al consulado a la hora prevista a pesar que habían barricadas distribuidas por la ciudad, comandos de la Guardia Nacional cerca de la plaza Altamira, y un aire de incertidumbre de esos que te matan de ansiedad. Nos despedimos, muy temprano, pues yo salía de viaje al exterior y ella se regresaría esa misma tarde a Maracaibo.

 

Una mañana un par de semanas después, de regreso en Caracas recién llegado de uno de mis recorridos habituales en los cuales combino un viaje de trabajo con almuerzos y cenas planificadas (y no, no me la paso comiendo, pero mientras pueda, seguiré almorzando y cenando todos los días), recibo muy temprano a Osiris. Osiris va todos los jueves a casa a lavar ropa, cambiar las sábanas y hacer los trabajos de limpieza de rigor (sobre todo los baños), para luego planchar mientras mira la telenovela. Generalmente Osiris llega después de yo haberme ido a la oficina, pero esa mañana llegó más temprano de lo habitual, tomamos café juntos, y mientras charlamos, sacó un paquete de Harina PAN del refrigerador, y se dispuso a hacer unas arepas con huevo para el desayuno. Y aunque la Harina PAN no puede faltar en la despensa de cualquier Venezolano, la presencia de un paquete en mi nevera era casi casual, no recuerdo cuando lo había comprado, en mi casa no hay una familia numerosa que se sienta cada mañana con una cesta de arepas recién horneadas, y mi ingesta de arepa se resume a ir los sábados al mercado de Los Palos Grandes a comer Arepa Pelá en el puesto de Argenis, generalmente como dos, y generalmente una de reina pepiada con queso de mano y una de costilla. Por lo tanto, estar en casa comiendo una arepa recién hecha por Osiris era una rareza, divina, pero rareza al fin y al cabo. Obviamente, como parte de su generosidad habitual (quiero pensar que es generosidad y no lástima), me dejó dos arepas hechas, guardadas en un “tuper” fuera de la nevera, para comerlas próximamente.

 

Ese día fue uno de esos de agenda completa, una mañana llena de reuniones (después de todo, hacía casi dos semanas que no estaba en la oficina en Caracas), un  almuerzo rápido en Peppone (los jueves son de albóndigas) y un viaje de ida y vuelta en mototaxi a Las Mercedes a dejar unos documentos. No podía demorar mucho pues sabía que como ya es costumbre, a eso de las 4pm comenzarían a llegar los manifestantes a la Plaza Altamira a quejarse por la escasez, la inflación y la inseguridad, serían brutalmente reprimidos por la GN y la policía estatal con un concierto de bombas lacrimógenas, y a las 8pm todo volvería a estar en “total y absoluta normalidad”, como habría dicho en sus buenos tiempos José Vicente Rangel. De regreso, decidí parar en casa, pues la necesidad de cepillarme los dientes, cambiarme la camisa (cosa que recomiendo hacer después de montarse en un mototaxi un mediodía en Caracas) y tomar un café, era imperiosa. Al entrar y pasar por la cocina, me percaté del “tuper” donde desde esa mañana reposaban dos arepas, todavía suaves y tibias. Tomé el envase, abrí la nevera para guardarlo, y mi vista, de manera automática e inexplicable, se enfocó en la esquina inferior izquierda, donde reposaban, olvidadas, dos latas de diablitos. Miraba las latas de diablitos, sostenía en mi mano izquierda el envase con las arepas (mencioné que aun estaban tibias y suaves), y pensaba, impávido frente al refrigerador, o no pensaba, tal vez tenía la mente en blanco, pero estoy seguro que una parte de mi cerebro procesaba la información.

 

El hecho es que ese día, algo apurado pensando que debía llegar a mi reunión de las dos de la tarde en la oficina, estaba sentado en el sofá de mi sala (integrado a la cocina, es un apartamento pequeño), solo, esperando que dejara de titilar la máquina de Nespresso, y masticando de forma apresurada como quien no ha comido en días. Comía rápido, comía y solo pensaba en las circunstancias que me habían llevado a estar allí, en esa situación, comiéndome una arepa con diablitos.